"Qué heavy eres, Juana"
Historia de una spooky season sobrevenida.
Terminé el año leyéndome un ensayo del eminente sociólogo Hartmut Rosa, donde defiende que las personas que pertenecen a la comunidad del heavy metal, son las mejores y más listas del planeta. No tenía dudas, pero ahora tengo pruebas.
Eh, espera ¿Por qué alguien querría leerse un tratado de sociología del heavy metal? Exacto. Crisis de los 40.
Estoy aprendiendo a tocar la batería, escucho metal compulsivamente y he vuelto a las Dr. Martens aunque sé perfectamente que me van a dejar los tobillos en carne viva.
Esta vuelta al decibelio extremo arrancó el día del fallecimiento de Robe. No conseguía dejar de llorar a pesar de llevar tiempo sin escucharle. Un par de días más tarde, aún a moco tendido, me di cuenta.
Estaba llorando todas esas tardes de adolescente repasando las letras de Extremoduro entre amigos. En las escaleras del campo de fútbol de mi pueblo, tonteando con uno, con otro, sin saber qué diablos era una retención de IRPF, quedando para salir, cosiéndonos a porros con el hermano mayor de un colega…
El tipo nos daba cogollos de una marihuana infame a cambio de que le escucháramos. Luego, de mayor, descubres que todo el mundo que te invita a droga lo hace por el mismo motivo.
Nos hablaba de La Polla Records como si fuera el evangelio y tenía planeado enterrar todos sus discos para que fueran descubiertos por futuras civilizaciones. No hace falta que te diga que ese chaval no terminó bien. Eramos felices performando la juventud rural española de los noventa.
Esta vuelta apolillada al descaro, al “salir, beber, el rollo de siempre” y a lo irreverente está siendo divertida, sin substancias y desconcertante.
Soy muy feliz en festivales de metal, pero ahora no comparto estos gustos con mis amigos. Seguimos encontrándonos cuando suena Monica Naranjo. Bendita sea.
También me he dado cuenta de que si vas con una camiseta de Cannibal Corpse a buscar al niño al cole, ya eres la madre rarita y todas las miradas a tu alrededor gritan «Servicios sociales».
Hay que decir que, a pesar del nombre del grupo, el cantante de Cannibal Corpse seguramente sea vegano, doctor en filología francesa, embajador de buena voluntad de la ONU y tenga un chihuahua llamado Pinky. La gente del metal es muy así.
Mi hijo, desubicado, cuando me ve arreglándome para ir a un concierto, corre a ponerse un sombrero de payaso o de pirata porque asume que estamos jugando a disfraces. Si no, ¿de qué, una adulta, sin venir a cuento, se pondría unos pantalones de cuero, una camiseta con un vampiro y unas putas Martens, con lo que duelen?
A pesar de la evidencia, me niego a pensar que todo esto responda únicamente a una crisis de la mediana edad. Tiene que haber algo más. Porque para mi es el metal, pero para otro es el techno, o vete a saber.
¿Qué motivo socioambiental, político, coyuntural o (¿por qué no?) hormonal me lleva a semejante consumo de decibelios, voces guturales y cuero?¿Por qué estoy en paz en medio de este festival de exceso y perversión?
Se me ocurren dos causas;
La primera es el profundo sopor que me provoca vivir en un mundo donde Courtney Love no es considerada un icono perenne de estilo y belleza.
En su lugar, el clean look, las trad wives, los matcha latte, el barre, las películas de Netflix, el ASMR y Pantone nos están haciendo la vida peligrosamente (y sospechosamente) plana, retrógrada y aburrida.
Entonces, ante tal panorama teñido de blanco Cloud Dancer, parece legítimo que nuestro pobre cuerpecito nos pida caña, exceso, comunidad y teatralidad.
El segundo motivo es mi condición genética, por parte de padre, a llevar la contraria. Tú dime treinta y cuatro veces que “menudo discazo Bad Bunny” y yo no voy a escuchar a ese señor en mi vida. Basta con que me insistas en que haga algo para asegurarte, definitivamente, de que no-lo-voy-a-ha-cer-nun-ca. Mi cabeza funciona así, para bien o para mal.
“El metal es de tíos raritos y feos de extrarradio. Son unos horteras que no interesan a nadie y con ellos jamás serás la guay del lugar”. Ajá. Estoy dentro. Toma mi dinero.
¿Ventajas de tener gustos algo alejados del mainstream? Estoy acostumbrada a que mis ídolos musicales no hagan preventas a través de entidades bancarias a las que tengo que entregar previamente mi nómina.
Tampoco hacen listening parties, pueden adherirse al feminismo sin miedo a represalias y, sobre todo, no ponen al límite mi autoestima ni mi economía en listas de espera virtuales de 340.000 personas. De hecho, muchos de mis ídolos ni siquiera están vivos.
Asumo que esta tendencia inconsciente a negarme a lo que todos escuchan puede hacerme parecer una snob. O incluso puede que lo sea. En cualquier caso, ese no sería el peor de mis defectos.
También te digo: ahora se le llama snob, pero cuando tienes dieciséis años y te paseas por el instituto con tu discman y una maletita que contiene la discografía completa de Frank Zappa, Camilo Sesto y Stratovarius, eso recibe el nombre de pedazo de freak. Sé de lo que hablo.
No tengo nada en contra de lo popular ni de lo que no entiendo o no disfruto, no soy tan necia. Prueba de ello es mi profunda admiración hacia las personas capaces de diferenciar a Ana Mena de Bad Gyal o de Lola índigo. Son como esquimales distinguiendo tonos de blanco. Yo, en una rueda de reconocimiento, sería incapaz de encontrar a la culpable del siguiente verso:
Ta muy caro este pussy /
No te acerques, pussy /
Aquí paga este pussy /
En tu vida probarás this.
Quizás esta insistencia en andar caminos menos transitados sea sencillamente una sed de creatividad: de ser sacudida, provocada, retada de otro modo.
Ir al teatro y pensar: «madre mía, esta gente está loca, qué maravilla».
Escuchar música que obligue a tu cuerpo a despertar, a sentirse incómodo o presente.
Leer a alguien con una voz desacomplejada. Que escriba como se baila, como si no hubiera nadie mirando.
Ver una peli que te genere un pensamiento nuevo. Una chispa nunca antes prendida, que arrastres durante semanas y crezca contigo.
Quizá esto trate sobre intensidad. Sobre alguien o algo que toque y ponga a vibrar esa dimensión que socialmente se nos está quedando fuera del discurso. Por lo que sea.
Es mi momento de recordar que todavía hay cosas que me atraviesan el pecho y que, a veces, eso es lo único que importa. Encajar ya no es una necesidad.
COSAS QUE SON HEAVY METAL Y NO LO PARECEN
🤘🏽Las Margaritas. Pelicula checa de los 60. Descaro y un frescor que sigue inspirando series tan brillantes como Autodefensa.
🤘🏽Del Fandom al troleig. . Teatro hecho por gente joven que nos da mil vueltas (las de Autodefensa). Mentes privilegiadas y con un morro de otro mundo.
🤘🏽Arcén. Primer libro de alguien que, si el mundo es un lugar justo, vivirá muy bien de lo suyo. Transcurre por los arcenes de todas las vidas de sus personajes, le interesa lo que está fuera de foco.
🤘🏽Esta escena de Kika. Bueno, y la peli entera. Puede que haga tiempo que no la ves. Dale al play. De nada.
🤘🏽Let it burn. Vale, esto parece metal y lo es. Podría haberlo escrito Burroughs, pero es un tema de Avatar. Una banda sueca de death metal melódico por la que si domiciliaría la nómina en el BBVA.







Al cumplir 40 tuve miedo de morir de un infarto como mi padre y empecé a subir cuestas como una loca mientras escuchaba Extremoduro y volví a los porros, que me pasaba otra mamá del cole de mi niño. No estás sola!!
Maravilla. Me has terminado de ganar mencionando a los Avatar.
Un abrazo.